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Los nuevos botiguers

Clasificado bajo: General — admin a las 2:10 am el Jueves, Diciembre 23, 2004

En la ciudad de Barcelona, y en otras muchas, ha aparecido en los últimos años un nuevo tipo de servicio que la sociedad requiere y al que las administraciones siguen poniendo trabas. Se trata de las pequeñas tiendas, normalmente regentadas por personas venidas de otros países, que ofrecen horarios amplios y productos exóticos. Estos colmados están generando una espectacular revitalización comercial, económica y social en muchas calles donde se venían cerrando decenas de tiendas, debido a la crisis del pequeño comercio tradicional de base familiar.

Los comercios regentados por los nuevos ciudadanos son un objeto constante de protestas por parte de algunos comerciantes de toda la vida, que ven en las tiendas atendidas por inmigrantes un foco de competencia desleal que acaba con su negocio y que degrada sus calles. Desde algunas asociaciones de comerciantes autóctonos se acusa a los alóctonos de no cumplir las licencias, de no pagar impuestos, de abrir sin permisos, de saltarse los horarios regulados por la administración o de vender productos ilegalmente. Sin embargo, muchos estudios demuestran que la gran mayoría de estos negocios cumplen las normativas.

¿Por qué tienen éxito estos comercios en detrimento de las clásicas botigas?. A priori podemos considerar algunos de los factores más típicos, como la necesidad que tienen los recién llegados de entrar en el mercado laboral, la disponibilidad para trabajar más horas y con salarios más bajos, la posibilidad de ofrecer horarios más flexibles y precios más reducidos, etc.

Pero en muchas ocasiones no se considera un factor clave: la crisis de la sociedad basada en la industria, el Estado y la familia en la que nos hemos criado todos, y el surgimiento de una nueva sociedad, que por supuesto presenta unas nuevas necesidades y requiere unos nuevos servicios que el comercio tradicional no da.

· Los horarios: el reloj deja de dictar nuestras vidas

Una de las características de las sociedades industriales ha sido la sincronización. En las sociedades pre-industriales los horarios no tenían demasiada importancia, la gente se levantaba cuando salía el sol y dejaban de trabajar tras la puesta. Los horarios variaban según las estaciones y no se solían llevar relojes. En los pueblos la Naturaleza regía la vida de las personas y no había ni jornadas de trabajo fijas, ni tiempos rigurosos para las comidas, …

Al llegar la revolución industrial la nueva organización social requería una sincronización de todos los trabajadores. Las fábricas estaban compuestas por complejas máquinas que debían trabajar de la forma más eficiente posible y que en muchas ocasiones no podían estar paradas. Los obreros realizaban turnos de trabajo y en las cadenas de montaje tenían que sincronizarse: uno ponía tornillos y el siguiente trabajador los apretaba. Si alguien fallaba en la cadena todo el proceso se ralentizaba y se reducía la productividad. Por lo tanto la dictadura del reloj era imprescindible.

Los obreros comenzaron a despertarse no con la luz del sol, sino con un horrible timbrazo de un despertador analógico. La jornada laboral tenía horarios fijos y estaban estipulados los descansos y las horas de las comidas. En algunas ciudades había sirenas (aún perviven algunas) que marcaban los cambios de turnos para todas las industrias a la vez. Pero el ritmo de la fábrica también se extendía a toda la sociedad: los niños debían acudir a la escuela a la misma hora (donde también se enseñaba puntualidad), las mujeres que trabajaran en el hogar tenían lista la comida a una hora concreta, los boletines informativos y las telenovelas en la radio se emitían en unos horarios determinados, etc. En aquel momento todo el mundo realizaba las mismas tareas a las mismas horas y el reloj dominaba homogéneamente la vida de los habitantes de un país entero.

Las restricciones horarias que los gobiernos imponían en la era industrial eran necesarias para asegurar una verdadera sincronización. De esta manera, algunas medidas que aún perviven, como prohibir la venta de alcohol por la noche o la regulación de los horarios comerciales, en realidad responden a un tipo de sociedad que exigía una armonía de horarios a sus ciudadanos.

Pero ahora ya no vivimos en una sociedad 100% industrial. En los días que corren hay un porcentaje de la población cuyos modos de vida ya no responden a los patrones industriales. Ahora el sector principal de trabajo son los servicios, hay personas que trabajan en diversos horarios, e incluso hay trabajadores sin horarios. Las macrocorporaciones de la era industrial han perdido fuerza frente a las Pymes y las microempresas, y de hecho ya hay miles de empresas de un sólo trabajador.

Los avances tencológicos nos libran poco a poco de la dictadura del reloj. Lo importante ahora para muchas personas ya no es hacer algo en un horario repetitivo, sino simplemente tener listo un trabajo para una fecha determinada. Así, las deadlines anglosajonas cobran importancia en detrimento del mañana aquí a las 8 del capataz fabril.

Esta nueva forma de vida también requiere unos nuevos servicios. El programador o el traductor que trabajan de noche, porque se concentran o rinden más, desean compar comida o cualquier producto básico en horarios no comerciales. Una pequeña tienda regentada por una familia paquistaní o china les permite comprar lo que quieran a casi cualquier hora del día o de la noche, y a unos precios similares a los de las tiendas tradicionales.

· Productos exóticos para mentes inquietas

La otra gran ventaja de las pequeñas tiendas de los nuevos europeos consiste en la cantidad de productos exóticos que se pueden adquirir. La gente joven hoy en día ya está muy acostumbrada a viajar, muchos universitarios han estudiado un año Erasmus en otro país y han compartido penas y glorias con gente de diversas nacionalidades. La globalización nos permite viajar a bajo coste a muchos países del mundo, y hemos cambiado nuestras vacaciones en el pueblo por otras en destinos lejanos. Hoy en día ya son miles las personas a las que les fascina la gastronomía iberoamericana, africana o asiática, y que les agrada comprar productos de otros países.

Y nuevamente podemos observar como los nuevos comercios que abren los inmigrantes no son una competencia para los tenderos de siempre, sino que ofrecen nuevos horarios y nuevos productos a un nuevo mercado: los habitantes de la sociedad tecnológica.

¿De verdad queremos poner trabas a la nueva ola que revoluciona y cambia a las caducas estructuras de nuestra sociedad?

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